Desde hace un tiempo he reflexionado sobre todo lo que se puede construir y a la vez destruir con sólo una palabra. En ocasiones no medimos lo que decimos; y en otras, emitimos pocas. Al pronunciar palabras sin tener conciencia de la reacción que tendrá nuestro receptor, corremos el riesgo de cambiar, de manera parcial o total, ambos universos.
Cuando estamos enojados, en la mayoría de oportunidades no pensamos lo que decimos. Muchas personas dicen que expresamos todo lo que sentimos sin ninguna restricción. El problema es que al pronunciar un vocablo que denota odio, desprecio o indiferencia, estamos destruyendo a la persona a la que nos dirigimos, y puede que no sólo a una persona, sino que a un grupo entero.
Por el contrario, existen instantes en que con sólo una palabra podemos arreglar problemas, pedir disculpas, hacerle amena la vida a uno o varios prójimos. Algunas palabras por sí solas pueden y tienen el poder de crear momentos memorables. La palabra positiva es la que más queremos oír, y contradictoriamente es la que menos nos esmeramos en decir.
Con sólo una expresión, buena o mala, tenemos el poder de hacer feliz o infelices a quienes nos dirigimos. Es nuestra responsabilidad el efecto que tenga en nuestros receptores esa única y sola palabra que podamos llegar a expresar.





